viernes, 15 de marzo de 2019


UNA PARADOJA BORGEANA

Profesaba Platón y el infinito,
pero también el Sur y Juan Muraña;
su mente urdió la irrevocable hazaña
de convertir el arrabal en mito.

Universal, porteño y erudito,
lo deleitaba una pasión extraña:
transitar la remota telaraña
de las olas vikingas por escrito.

Quizá gastó sus últimas miradas
sobre una arcaica saga escandinava;
o entre kenningar, runas y baladas.

Mas la ceguera se extendió hasta el colmo:
el mundo de las letras lo admiraba,
excepto unos letrados de Estocolmo.

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